La técnica. II

I. Estar y bien-estar

Para hablar de la técnica era necesario hablar antes del hombre. Por eso estamos dando este rodeo por la antropología, un rodeo que ha expulsado de nuestra mente la idea de que el hombre es el animal racional de la tradición, la cosa pensante que definió Descartes, incluso el homo sapiens de la catalogación de Linneo. Esa idea tiene tener sus raíces en un ideal teológico de perfección que embargó por igual a antiguos y a medievales, ya fueran politeístas, musulmanes o cristianos. Es el ideal contemplativo de la teoría sobre Dios que fraguaron Platón y Aristóteles. Según este último, Dios es Razón y si el hombre es racional entonces es también divino. Averroes, el filósofo, el hombre superior, asciende al Entendimiento Agente Único de Alá.

Esas convicciones tan elevadas levantaron tanto al hombre sobre su condición real que no permitieron averiguar lo que él hace con sus manos.

La arqueología ha sabido enderezar las cosas, pues ha puesto al homo sapiens en un escalón anterior al homo habilis. Nosotros estamos ahora indagando qué es lo que le lleva a ser habilis, a manipular las cosas naturales para frenar las imposiciones de la naturaleza. Y hemos averiguado que, más que pensar, o antes de pensar, el hombre desea, que antes que sustancia pensante es sustancia volente.

Si la técnica es algo que hace el hombre, entonces tendrá que ver más con su voluntad que con su inteligencia. Pero su voluntad no es algo impuesto por la biología, un instinto mecánico ciego que exige satisfacer alguna necesidad. Un acto técnico, en consecuencia, no es el que lleva a cabo el hombre para satisfacer una necesidad impuesta por la naturaleza, sino para reformar la naturaleza de modo que se elimine la necesidad en cuanto le sea posible y él pueda dedicarse a otros fines. El animal no hace eso, pues, o bien encuentra lo que necesita o bien se tiene que aguantar. El hombre, pues, es un animal aparte.

Él es técnico o no es hombre. La técnica no es en su caso una reacción a las necesidades biológicas. Es antiguo ciertamente el uso de ciertos instrumentos para satisfacer necesidades, pero no menos antiguo es el de otros que no tienen ni de lejos esa utilidad. Por ejemplo, el uso de sustancias para embriagarse, sustancias como el alcohol, las drogas, los alucinógenos, etc. También es antiguo el uso de instrumentos musicales, de ornamentos religiosos, de joyas, adornos, etc. La palabra “necesidad” abarca desde siempre lo objetivamente necesario, pero también lo superfluo. Inténtese hacer un catálogo de necesidades verdaderamente necesarias y se caerá en confusión. Puede parecer que es necesario no pasar frío, pero es sabido que algunos pueblos soportan temperaturas extremas y no se sienten mal. El alimento también se puede reducir hasta límites difíciles de creer. Es posible prescindir de muchas cosas que parecen necesarias, pero muchos hombres preferirían morir si tuvieran que prescindir de otras que parecen superfluas.

Al principio de la evolución humana no hay un individuo necesitado. Ese ser carente de todo y angustiado por su supervivencia, dedicado todo el tiempo a mantenerla con medios escasos, es una fantasía elaborada a la medida de nuestra corta imaginación y de nuestros escasos conocimientos. Es una ignoratio elenchi. En lugar de remontarse a aquel ser que ha fabricado nuestra imaginación, hablemos de nosotros y cuando así hagamos preguntémonos por qué han de ser diferentes los otros, incluidos los que vivieron en la Edad de Piedra.

Lo que se encuentra al hablar de los que ahora vivimos es que a nadie le basta con estar en la vida, sino que además quiere estar bien. No le basta estar, quiere bienestar. Para todo individuo vivir no es simplemente vivir. Y si no logra aproximarse a lo que considera una vida aceptable prefiere no vivir. ¿Por qué habríamos de pensar que los hombres del Paleolítico no eran también así?

II. ¿Qué es una necesidad?

¿Qué es entonces una necesidad?

Acciones como abrigarse y alimentarse son necesarias en la medida en que sea necesario vivir, en la medida en que siga en pie la obstinación por vivir. Pero vemos que el hombre no tiene empeño por estar en el mundo, sino por estar bien. Esto es para él lo necesario. Justamente lo que es superfluo para el animal.

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Derek A. from Akishima: Mujer japonesa con móvil. Utensilio necesario de nuestro tiempo.

Cuando uno está atado a las simples necesidades biológicas, cuando uno vive tan apretado que a duras penas consigue comer, dormir, abrigarse, etc., entonces prefiere morir, porque esto para él no es vivir. Si sólo existieran esas necesidades sería preferible no satisfacerlas y sucumbir. Si se les guarda un respeto no es por ellas mismas, sino porque son las condiciones de una buena vida, que es lo que de verdad importa. Esto fue así en la Edad de Piedra y lo sigue siendo hoy.

Llegados a este punto podemos admitir que la técnica es la satisfacción de necesidades humanas, pero entendidas éstas como lo que son: cosas superfluas que convertimos en necesarias para vivir bien. El que se resista a creerlo que eche un vistazo alrededor. Que mire los artefactos que le rodean y diga luego cuántos son estrictamente necesarios, imprescindibles, para no morirse. A todos los que, pretendiendo ser superiores, los desprecian y dicen desear una situación sin esos instrumentos habría concederles su deseo y convertirlos en australopitecos.

El animal es un ser natural perfectamente preparado para el simple existir o vivir. Por esto no tiene necesidad de la técnica. El hombre se ha preparado para vivir bien. Por esto necesita la técnica. Siempre ha sido así y seguirá siendo siempre así.

Por esta razón la técnica es una cosa aparte, algo que no tiene semejanza ni paralelo en el universo. Si fuera un sistema para satisfacer necesidades, entonces estaría en paralelo con los instintos del animal. Habría dos sistemas de actos: el de los instintos para el animal y el de las técnicas para el hombre. Y los dos servirían para lo mismo, para preservar la vida. Sería una redundancia de la naturaleza. Sin embargo, no es verdad que sirvan para lo mismo, porque uno está al servicio de la vida orgánica, de la adaptación del sujeto al medio, y el otro al de la buena vida, de la adaptación del medio a la voluntad del sujeto.

III. La buena vida

De todo lo cual se sigue que para saber cuáles son las necesidades humanas habría que saber en qué consiste la buena vida, lo cual es un problema de imposible solución. La buena vida ha sido una infinidad de cosas. Ha sido la del conquistador, la del asceta, la del licencioso, la del sabio, la del fanático, etc. Es una lista interminable. Para San Pacomio la buena vida traía consigo que las moscas le molestaran. Para don Quijote que hubiera trasgos y gigantes a los que combatir. Para el faquir es mortificarse y rezar. Para la simple vida biológica es algo simple y fijo, siempre lo mismo, pero la buena vida cambia a cada instante. Es una para un sujeto y otra para otro. Una para un grupo y otra para otro. Una en un tiempo y otra en otro. No es posible contestar a una pregunta como: ¿qué es una buena vida?

Si la técnica sirve a la buena vida, entonces es inútil buscar una orientación fija de la técnica, porque su fin, su norte, no es inmóvil. La técnica es ante todo desorientación, ausencia de metas fijas. La idea de progreso es por esto la más inútil idea de todas. Equivale a creer que el hombre ha querido siempre lo mismo, la misma clase de buena vida, lo cual es completamente falso. Hoy, desde el Renacimiento, sentimos y pensamos que hay que inventar cada vez más cosas. Pero no ha sido siempre así. Lo normal ha sido más bien lo contrario. En ocasiones incluso se ha perseguido a los inventores como si fueran criminales. Otras veces las técnicas se han olvidado. Se ha olvidado, por ejemplo, cómo tallaban las piedras los hombres del Paleolítico Superior. Durante muchos siglos se olvidó la fabricación del amoníaco, que descubrieron los egipcios.

Luego la técnica actual podría perderse. Que cambie simplemente la idea de bienestar que hoy se tiene y se irá a pique. Decir que no puede ser así porque está apoyada en las ciencias es ilusorio, porque las ciencias mismas también necesitan un apoyo que podrían perder.

E. F. Rueda


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La técnica. I

I. Futilidad del instinto

Me limitaré aquí a extraer, reproducir o parafrasear algunas ideas que Ortega y Gasset expuso en su Meditacion de la técnica con el fin de entender qué es la técnica, de dónde surge y para qué sirve.

Comencemos.

Un hombre siente frío, tanto frío que cree que se va a morir. Pero no quiere morir. ¿Por qué? Se dirá que por instinto de conservación, pero no basta. Habría que saber antes qué es el instinto de conservación. Se dirá que lo utiliza tanta gente que debería ser claro para todos, pero no es cierto. Si preguntamos al Diccionario de la Real Academia Española (DRAE), que recoge en forma admirable los saberes de la gente común, encontramos que con el vocablo instinto se quiere significar un estímulo interior que determina a los animales a una acción dirigida a la conservación o a la reproducción (“conjunto de pautas de reacción que en los animales contribuyen a la conservación de la vida del individuo y de la especie”, dice la edición actual).

Así que hay algo interior, algo que, como un resorte, impulsa al animal o al hombre a hacer algo de tal manera que tiene que hacerlo. Tratemos de aclarar las partes de esta idea.

Que el deseo de vivir es interior es algo claro y no es necesario detenerse en ello. Que determina a su portador a una acción dirigida a conservarse también parece entenderse. Pero entonces tenemos lo siguiente: que el hombre quiere vivir significa que siente dentro de sí algo que lo determina a vivir o conservarse. Eso que siente es un instinto, es decir, un deseo, que también impulsa desde dentro. Luego que el hombre quiere vivir debido a un instinto de conservación no quiere decir más que esto: que quiere vivir debido a que quiere vivir o a que no quiere morir. Es como si alguien preguntara por qué flota el corcho sobre el agua y se le contestara que porque el corcho flota sobre el agua.

Luego decir que el hombre quiere vivir por causa de un instinto de conservación no es decir nada. Acudir al instinto para explicar un deseo es caer en tautología. Luego hay que prescindir de una respuesta que no responde nada y buscar alguna otra que responda algo.

Además, en el caso de que no fuera así, en el caso de que la noción de instinto fuera clara y distinta, serviría de poco utilizarlo como explicación, porque los instintos, o lo que pueda entenderse por ellos, están prácticamente apagados entre los humanos. Pero esa es otra cuestión que no debe tratarse ahora.

Estamos, pues, igual que al principio: ¿por qué quiere el hombre vivir? Por lo pronto, es mejor aceptar que no nos resulta posible responder en vez de afirmar que al hombre le es imposible otra cosa, porque hay individuos que quieren morir e incluso a los que no se hallan en esa situación también les sucede a veces lo mismo. Luego la opción de vivir no es la única que tienen ante sí.

Pero pasemos por ahora de largo sobre este asunto, dando por verdadera la idea sin discutirla antes. Lo que queda es el hecho de que el hombre quiere vivir y que por eso tiene que evitar el frío. ¿Cómo obrará para evitarlo? Se dirá que acercándose al fuego si por casualidad un rayo incendia el bosque, y que así se procurará calor. Es decir, calentándose. Esto es una perogrullada, pero tiene a su favor que se entiende, lo que no es poco. No pasa lo mismo con el instinto, que no se entiende nada.

Poco hemos aprendido hasta aquí, pero no debe echarse en saco roto. Al menos queda claro que el hombre trata de calentarse cuando siente frío y que para hacerlo tiene la necesidad de otear el horizonte, de caminar, etc., hacia donde está el fuego si es que por casualidad ha caído un rayo. Lo mismo sucede cuando siente hambre y otros apremios con que le regala su cuerpo.

II. Las necesidades

Hallamos de este modo algunas necesidades que tiene el hombre, necesidades como otear, caminar, calentarse, comer, etc. ¿Que por qué se les llama necesidades? Porque son condiciones para vivir, que es lo que él quiere y es por donde habíamos empezaso. Como son condiciones, las siente como necesidades. Pero no es lo mismo una cosa que la otra. Si no quisiera vivir, sino morir, no las sentiría como necesidades, aunque seguirían siendo condiciones… para vivir. Es como el medicamento que el médico ordena, una condición objetiva para estar sano, pero solamente en el caso de que el enfermo quiera sanar, porque entonces se convierte en una necesidad que él siente para lograr lo que quiere. Pero no si se da el caso contrario, que quiera seguir estando enfermo. Lo que no es una condición no puedo sentirse como una necesidad. Necesidad hay en que caiga una piedra que se suelta de la mano, porque no puede ocurrir otra cosa. Aquí no hay condiciones. Necesidad hay para el hombre en tanto en cuanto quiera vivir.

Primitive_man_making_tools_and_using_fire_at_the_Museum_of_Vietnamese_History

Museum of Vietnamese History: Primitive man making tools and using fire (HappyMindnight)

El orden de las cosas ha cambiado. Para quien no se detiene a pensar en esto lo primero es la necesidad, que activa el resorte del instinto, el cual despierta el deseo, que por fin desemboca en una actividad técnica, como encender el fuego. Para nosotros parece que la secuencia comienza con el deseo, el cual convierte en necesidad lo que es condición de su realización y culmina en la acción técnica.

En conclusión: lo que hace que algo sea necesario es la voluntad. La clave más importante reside, pues, en el querer, porque es lo que convierte en necesidad el calentarse. Dicho de otra manera: si el fuego es necesario es porque el hombre quiere. Primero está el querer, luego la necesidad, no al revés.

III. Diferencia del hombre y el animal

Ese querer no debe ser algo fugaz, pasajero; antes al contrario, es de tal calibre en el hombre que cuando la naturaleza no le presta los medios de vivir él no se resigna. El animal sí que se resigna y se deja morir. Si la naturaleza no da lana a la oveja, ésta se muere de frío sin que sea capaz de hacer nada por evitarlo. Con el hombre es muy distinto. Si el bosque no se incendia, si el árbol no da frutos, si la fuente no trae agua, él enciende el fuego, planta  árboles, excava el suelo. No sabemos si el deseo de vivir es mayor en el hombre que en el animal. Lo que sí sabemos es que cuando la naturaleza es tacaña, el animal se abandona y el hombre no.

Burla burlando, hemos avanzado un trecho importante, pues hemos descubierto que el animal se calienta, come carne, camina, etc., y que también el hombre hace todo eso, pero con la diferencia de que él hace fuego para calentarse, cría la vaca para comérsela, domestica al caballo para montarlo, etc. Puede parecer algo insignificante, pero es una diferencia crucial. Se trata de que el hombre, por ejemplo, siente frío, pero no se calienta, que es lo que está deseando hacer, sino que suspende momentáneamente su deseo, hace el fuego y después se calienta. Significa que no hace de inmediato lo que desea hacer. En esa suspensión del deseo está la clave de la diferencia entre el hombre y el animal.

Luego ser animal no es otra cosa que no suspender el deseo, sino ejecutarlo. Hasta tal punto es así que cuando no puede ejecutarlo se resigna e incluso se muere. Ser hombre es otra cosa. Es desprenderse de las necesidades orgánicas que siente el animal, y él mismo también, pues en esto no difiere de aquél, aunque sólo sea por un momento. El animal siente hambre y tiene que comer. No tiene otra cosa que hacer. Pero si el hombre no sintiera hambre y no tuviera que ocuparse de comer aún tendría mucho que hacer. Y sería con toda seguridad lo más interesante.

Luego la diferencia más importante entre un hombre y un animal no es que el primero sea una cosa pensante y el segundo no. La diferencia más importante es que uno puede suspender su deseo y el otro no.

La necesidad no es lo mismo para el hombre y para el animal. Es un término que cambia de contenido en un caso y otro. Para el animal es su vida, su ser, la única cosa a la que presta atención. Una vez que satisface una cualquiera, no tiene nada que hacer y dormita. Para el hombre es algo extraño a él, una obligación impuesta desde el exterior, algo que obedece cuando quiere seguir vivo.

Por eso puede el hombre distanciarse de su necesidad, como el pintor de su cuadro. Así puede verla como algo secundario, como un trabajo a cumplir. Puede también, por descontado, convertirla en el centro de su vida. Muchos lo hacen. ¿No dice San Pablo que para algunos su dios es su estómago? Por esa vía caminan el glotón, el andariego, el mujeriego, etc. En suma, el hombre puede intentar hacer con su vida y con las condiciones de  su vida lo que quiera. Puede incluso conseguirlo en algunos casos. El animal ni lo intenta ni lo consigue.

IV. La técnica

El animal no pasa de ser su vida biológica, entregada por la naturaleza y mantenida intacta por él. El hombre no. Está metido en ella ciertamente, pero puede dedicarse a otra cosa. A hacer fuego, a plantar un árbol, a domesticar un caballo, etc. ¿Qué logra con eso? Logra lo que no hay en la naturaleza, una hoguera, unos kilos de fruta, un animal que lo transporte, pero que a él le viene bien para seguir vivo.

Su logro es fabricar objetos que le vienen bien para aumentar o para mantener las condiciones -necesidades- de su vida. Modifica la naturaleza alcanzando lo que no hay en ella, en lugar de adaptarse o acomodarse. Esto es la técnica, la reforma de la naturaleza para adaptarla a las necesidades que él siente porque las ha construido con su voluntad. El hombre no responde a la naturaleza, sino que le impone cambios. Produce una naturaleza nueva. No se adapta a ella; hace que ella se adapte a él.

Luego la técnica no es lo que se hace para satisfacer necesidades. Eso es algo que hace también el animal. Si cada vez que tuviéramos frío la naturaleza pusiera el fuego junto a nosotros, no sentiríamos necesidad alguna de calentarnos y no tendríamos técnica. La técnica es precisamente lo que no hace la naturaleza: ponernos el calor al lado para que no sintamos necesidad de él.

Emiliano Fernández Rueda


A propósito de la sociedad del conocimiento

Entre las varias denominaciones que se han aplicado a nuestra sociedad, ha logrado especial fortuna la de “sociedad del conocimiento”. Pero, dejando de lado la satisfacción que produce en muchas mentes un nombre así, porque les hace creer que nos hallamos todos en la cumbre del saber, es preciso analizar los términos que componen la expresión para hacernos una idea adecuada de lo que puede significar.

No obstante, no conviene ahora examinar el vocablo “sociedad”,  porque nos llevaría demasiado lejos de nuestro fin. Sea suficiente indicar, siquiera sea por aproximación, lo que puede entenderse por “conocimiento” en el presente.

La empresa no es fácil, pese a las apariencias, sobre todo cuando se abandonan los supuestos.

En la Antigüedad fue posible que un solo hombre escribiera una enciclopedia, una obra en la que se encerraba en un círculo (no otro es el sentido de la palabra: en-ciclo-pedia) completo y cerrado todo el conocimiento existente. De ello son magnos ejemplos Las etimologías, de San Isidoro de Sevilla (560-635) o las Institutiones divinarum et saecularium litterarum, de Flavio Magno Aurelio Casiodoro (aprox. 490-570). Así fueron también las enciclopedias del siglo XVIII. Pero en la tercera edición de la Enciclopedia Británica, que sucedió en 1.788, se admitió ya la imposibilidad de un empeño semejante y se encargó el trabajo a un número considerable de especialistas. Luego el año 1.788 puede ponerse como el de la fragmentación imparable del conocimiento.

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Flavius Magnus Aurelius Cassiodorus

¿Qué es el conocimiento?

Si dijéramos que el conocimiento es todo lo que las personas pueden llegar a saber estaríamos aludiendo a un infinito, pues diariamente se producen hechos y noticias de las que alguien es conocedor, y diariamente hay otros hechos y noticias que vienen a superponerse sobre los anteriores hasta hacerles perderse en el olvido. No es posible guardar memoria de todo cuanto sucede y no puede consistir en eso el conocimiento.

Según Max Scheler existen tres clases de conocimiento: el encaminado a la acción y el control, el encaminado a la cultura no material y el encaminado a la salvación. Otros han definido estas tres clases como conocimiento instrumental, conocimiento intelectual y conocimiento espiritual. Machlup ha distinguido cinco clases, algunas de las cuales coinciden con las tres de Scheler:

  1. Conocimiento práctico: el de los negocios, el trabajo, la política, el conocimiento doméstico, etc., que habría que dividirlo en clases, según los oficios y actividades humanas.
  2. Conocimiento intelectual: el propio de los estudios humanistas y científicos, que se adquiere normalmente en las instituciones docentes. Hoy se considera que es una parte imprescindible del bagaje de un hombre bien educado e instruido.
  3. Conocimiento de las vulgaridades y distracciones: el de los entretenimientos, los cotilleos locales, las noticias de los medios de comunicación, los deportes, etc., que se adquiere en momentos de relajación y, según algunos, es útil para embotar la sensibilidad y la inteligencia.
  4. Conocimiento espiritual: el conocimiento religioso de Dios y los caminos que conducen a la salvación del alma.
  5. Conocimiento involuntario: el que se adquiere accidentalmente, “porque pasaba uno por ahí”, y se retiene sin saber por qué.

Ahora bien, si el conocimiento es un conjunto de exposiciones ordenadas de hechos e ideas, que presentan un juicio razonado o un resultado experimental, que se transmite a otros a través de algún medio de comunicación bajo una forma sistemática, entonces es obvio que algunas de las clases de Machlup no son conocimiento. Entre las clases dadas por él habría que descartar sin duda alguna la 3. y la 5, porque no son exposiciones ordenadas de hechos e ideas, no presentan normalmente juicios razonados ni resultados experimentales y no se transmiten de forma sistemática como los conceptos de una asignatura en un instituto o una universidad. Los restantes, los de las clases 1., 2. y 4. podrían admitirse como conocimientos siempre que se ajustaran a estos criterios. Es indudable que se ajustan en bastantes casos, particularmente algunos oficios y prácticas de la primera clase (aunque no todos), la mayoría de los saberes científicos y humanistas de la segunda, y algunos saberes espirituales de la tercera, como la teología que se imparte en las facultades del ramo.

¿Puede decirse que la sociedad presente es “sociedad del conocimiento” en alguno de estos sentidos? No, pues entonces también lo sería también la sociedad medieval, pues en aquella época se fundaron las universidades, donde empezaron a impartirse los conocimientos de la manera descrita. Podría decirse que la diferencia estriba en la proporción de personas que acceden a él en nuestro tiempo, que es muy superior al que accedía durante los siglos medios. Esto ciertamente es así, sobre todo si se tienen en cuenta exclusivamente las sociedades desarrolladas, pero no es suficiente para darles es nombre.

Otro autor, Robert Lane, ha tratado de resolver el problema llamando “sociedad del conocimiento” a la sociedad actual porque sus miembros:

  1. Indagan en las bases de sus creencias sobre el hombre, la sociedad y la naturaleza.
  2. Se guían por normas objetivas de verificación.
  3. Dedican importantes recursos a esa verificación.
  4. Procuran extraer utilidad inmediata de su conocimiento.
  5. Emplean sus conocimientos para iluminar sus valores y metas.

Pero esta caracterización es demasiado extensa. Tal vez sea mejor una definición más restringida, que podría ser la siguiente, de D. Bell: “el conocimiento es lo que se conoce objetivamente, una propiedad intelectual, ligado a un nombre o a un grupo de nombres y certificado por el copyright o por alguna otra forma de reconocimiento social (por ejemplo la publicación)[1]”. Tal conocimiento tiene un precio, que es el tiempo dedicado a estudiar, escribir, etc., una compensación monetaria y se sujeta a las exigencias del mercado. Forma parte de las inversiones sociales, tiene una forma razonada expresada en un libro, en un programa informático, etc. Es obvio que esta definición es más “manejable”, pues se atiene a características observables y cuantificables.

La medida del conocimiento

¿Crece exponencialmente la cantidad de conocimiento de esta clase hasta el punto de que la mayoría de los miembros de una sociedad actual participan de él? Fremont Rider, bibliotecario de la Universidad de Wesleyan, ha dicho a modo de ejemplo que en el siglo XVIII había unos 1.000 volúmenes en la Universidad de Yale y que si ese número se hubiese duplicado cada 16 años desde entonces, como ha venido sucediendo en las más importantes universidades americanas desde 1.831, habría 2.600.000 volúmenes en 1.938 (en realidad había 2.748.000). Rider concluía que, en caso de seguir así, en el 2.040 habría unos 200.000.000 volúmenes, que seguirían entrando unos 12.000.000 cada año y que la catalogación de todo ese material requeriría más de 6.000 archiveros y bibliotecarios. Parece obvio que el contenido de los libros es hoy de más fácil acceso que antes.

Un crecimiento similar fue el de las revistas científicas, que fueron ya en la revolución científica del XVII un medio imprescindible de comunicación de ideas. A partir de una o dos revistas que empezaron a existir en aquel siglo, se alcanzó casi un centenar a principios del XIX, un millar a mediados del mismo siglo y unas 10.000 a finales. El crecimiento ha tenido lugar, según Derek Price, a razón de un factor 10 cada medio siglo. La conclusión de Price es que los conocimientos se producen para ser publicados o, dicho de forma más rotunda, que la ciencia no es ciencia si no se comunica, si no consta, negro sobre blanco, en papel publicado. O en dígitos binarios de un ordenador. Luego ciencia es aquello que se publica en revistas, memorias, informes, libros, internet, etc., científicos. Ciencia es, en fin, lo que se incorpora a la literatura científica. Esto ciertamente no es lo que sucedía con Copérnico, Kepler o Galileo. La actividad de aquellos grandes hombres del pasado guarda poca relación con la de los actuales, hasta el punto de que algunos filósofos, como Nietzsche, afirman que la ciencia ha muerto en nuestro tiempo.

Una vez que se entiende así la ciencia, puede decirse con seguridad que su crecimiento es exponencial. Una sencilla consecuencia matemática de esto es que las cifras mayores son las que crecen con más rapidez. Las publicaciones engendran cada vez más publicaciones.

¿No debe existir un límite a estos crecimientos exponenciales? Parece que sí, pues de lo contrario se desembocaría en un absurdo. He aquí, como ejemplo, lo que pasaría si no tuviera límite el crecimiento del número de personas dedicadas a la industria eléctrica. Partiendo de 1.750, el año en que Franklin inventa el pararrayos, e incrementando exponencialmente tal industria, habría unas 200.000 personas en 1925, un millón en 1955 y toda la mano de obra existente en 1990. Puesto que esto no es posible, en algún punto de la curva de crecimiento tiene que producirse una saturación y detenerse el movimiento o disminuir su velocidad.

El fenómeno de la saturación fue utilizado por vez primera por Adolphe Quetelet en 1830 en sus meditaciones sobre Malthus. Sus sucesores han visto que la curva exponencial sufre una nivelación en condiciones límite, una nivelación que debería poderse establecer para otras curvas de crecimiento exponencial, como la cantidad de mensajes telefónicos, el tráfico de las líneas aéreas, el crecimiento de la célula, la proliferación de las moscas de la fruta, etc. Pero subsiste una dificultad: que las conclusiones establecidas sobre estos procesos pueden no ser adecuadas para situaciones sociales en que puede haber retraso en las decisiones (como los nacimientos), sustituciones (de los taxis por los autobuses), de manera que el crecimiento no se da de manera fija.

Luego es muy posible que las medidas del saber científico proyectadas como curvas de crecimiento sean solamente metáforas insuficientes para predecir y planificar el futuro. Para asegurarnos mejor en estas cuestiones es preferible atender a otras observaciones.

La diferenciación del conocimiento

Normalmente se ha creído que el saber científico se desarrolla de manera lineal, por acumulación de descubrimientos. Pero esto dista mucho de ser cierto. Su desarrollo es más bien ramificado, por acumulación de campos y especialidades. En el siglo XIX se pensaba en la ciencia como un terreno limitado que podría explorarse alguna vez hasta sus fronteras últimas. Una vez llegados a ese punto, ya no habría nada más que saber. A Max Plank, que murió en 1948, se le aconsejó cuando era joven que se dedicara a la música porque la física había llegado al final de su camino y no había nada nuevo que descubrir en ella. Algo parecido había creído antes Pierre Simon Laplace, el gran matemático, físico, astrónomo y ministro de Napoleón, que falleció en 1.827.

Hoy se piensa de manera muy distinta. En vez de un territorio limitado a punto de ser explorado por completo, lo que el científico tiene ante sí es el hecho de que cada nuevo avance abre nuevos territorios, que exigen nuevas ramas, y así indefinidamente. El campo de las “ondas de choque”, por ejemplo, que fue “explorado” por vez primera en 1848, se ramificó en los del tubo de explosión, la aerodinámica, las detonaciones y la magnetohidrodinámica.

Este hecho no se debe a una supuesta “lógica interna del desarrollo intelectual”, sino a la organización social del trabajo científico. En el siglo XVII, cuando aparecieron la física-matemática de Descartes, la mecánica de Galileo o la astronomía de Copérnico y Kepler, se trataba de una actividad creativa personal. En el siglo XIX era ya una profesión, aunque con un marcado carácter individual. A partir del XX los científicos ya coordinan sus investigaciones individuales en “grupos de aprendizaje”, de manera que cuando alguno de ellos activa su propio trabajo lo hace originando nuevos grupos.

En el National Register of Scientific and Technical Personnel, de Estados Unidos, se registraban 54 especializaciones científicas poco después de la Segunda Guerra Mundial. Veinte años más tarde eran ya 900. Las familias de la física eran 10, con 74 especializaciones, en 1.954, y 12, con 154 especializaciones, en 1.968.

En conclusión, el concepto de conocimiento en la sociedad del presente del no tiene que ver con la extensión de los saberes al conjunto de la población mediante planes gubernamentales de enseñanza, ni a la adquisición de mayores o mejores saberes por un número creciente de individuos, sino con la diversificación y dispersión constante de los mismos en departamentos universitarios, laboratorios, grupos de investigación, etc., conforme van apareciendo. La ciencia de hoy no es la ciencia de ayer.

[1] Bell, D., El advenimiento de la sociedad post-industrial, Alianza Universidad, Madrid, 1976, páginas 207-208.

Emiliano Fernández Rueda

EO Talk de René de Jong

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El pasado día 15 del presente mes de marzo (2017), a las 19:00 h., tuvo lugar la conferencia-coloquio (EO Talk) de D. René de Jong en las dependencias de ShuttleCloud de Madrid (Ronda de Atocha, 37) titulada “¿Cómo vender tu empresa?”. El acto fue organizado por EO Madrid, una asociación de la que el propio de Jong es miembro.

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La asistencia al acto contó con emprendedores procedentes de la India.

El señor de Jong, Director General y Fundador de The Language Business, Socio fundador de Málaga Valley, Organizador de los Seminarios dQ-LAWS (Learn About Web Sales), etc., ha dedicado una parte importante de su actividad al sector de los negocios lingüísticos tras haber fundado la empresa “Don Quijote S. L.” que logró ventas por importe de 6.500.000 euros a través de su web.

Puede hallarse más información sobre René de Jong en Internet Advantage.

La sociedad post-industrial

La sociedad presente ha recibido el nombre de sociedad post-industrial por haber aparecido después de la industrial, que se había gestado en los siglos XVI y XVII. Debe entenderse que tal nombre designa solamente la sociedad occidental, es decir, el grupo de sociedades que se han desarrollado en el occidente del continente europeo y aquellas otras que, como los actuales Estados Unidos de América, proceden de él.

Las ideas de este artículo son solamente unas pinceladas sobre el cuadro del presente. Solamente aspiran a describir con precisión y brevedad el mundo que vivimos, para lo cual se tienen en cuenta dos hechos: la ruptura radical con el pasado,  y el cambio de escala[1].

Ruptura radical con el pasado o ritmo de los cambios

Algo que todos saben y todos experimentan, a lo que dan poca importancia es que un niño no puede vivir en el mundo de sus padres y abuelos, pero es el signo externo de una profunda revolución en las formas de vida que han regido hasta el día de hoy, pues durante muchos miles de años los hijos han heredado de sus padres su posición social, han tenido los mismos conocimientos y técnicas que ellos, han estado ligados durante toda su vida al territorio que les vio nacer, etc. Así ha sido siempre en la historia humana. Pero hoy todo ha cambiado y sigue cambiando.

No obstante, este régimen de cambios empezó hace poco tiempo. No es ahora el momento de buscar la causa de los mismos, sino de exponer rápidamente los sectores en que con más facilidad se detecta la velocidad del movimiento. Así se comprenderá también, al menos en parte, por qué se ha producido éste.

Obsérvese en primer lugar la generación de energía. En los Estados Unidos de América, por ejemplo, la producción de carbón no solo se duplicó cada diez años entre 1840 y 1900, sino que en la etapa final se logró además que cada tonelada produjera tres o cuatro veces más energía que en la inicial. Téngase en cuenta que en el breve lapso de una vida la producción de carbón pasó de cero a trescientos millones de toneladas o más.

El segundo sector que ha experimentado un cambio crecientemente acelerado es el de la producción de “materia gris”, o conjunto de científicos, ingenieros, técnicos, etc., dedicados a la investigación, búsqueda y producción de energía. Hacia 1838 había solamente unos centenares dedicados a esas tareas, pero en 1905 había muchos miles que estaban mejor preparados y disponían de instrumentos técnicos muy superiores. Esto permitió extraer de la naturaleza fuerzas que hasta entonces habían permanecido ocultas: el vapor, la electricidad, el teléfono, etc. Como resultado de lo mismo, los conocimientos aumentaron de tal manera que ahora es imposible que un solo hombre abarque una única ciencia, sea la que sea.

Estos cambios describen una figura en forma de J sobre los gráficos, curva que los matemáticos llaman exponencial. Las curvas exponenciales son un lugar común desde hace unos doscientos años. Véanse varios ejemplos más para añadir a los mencionados:

  1. El tiempo para dar la vuelta al globo disminuyó exponencialmente cada cuarto de siglo según un factor 2 entre 1889 (viaje de Nelly Bey alrededor del mundo) y 1928 (primera circunnavegación del planeta en avión), y según un factor 10 desde entonces.
  2. La producción de trabajo científico se ha duplicado cada quince años desde los tiempos de Newton.
  3. En 1920 se creía aún que el Universo consta solamente de la Vía Láctea, una galaxia que no tenía, según se creía entonces, más que varios millones de estrellas. Menos de cincuenta años más tarde se ha sabido que consta de más de cien mil millones, cada una de las cuales consta a su vez de más de cien mil millones de estrellas. Se sabe además que un quásar puede tener dos billones de luminosidad más que el sol, etc.
  4. Estimación del crecimientoDespués de varios millones de años, la especie humana alcanzó mil millones de individuos por primera vez a mediados del siglo XIX. Setenta y cinco años después llegó a dos mil y a tres mil treinta y cinco años más tarde. Veinte años después llegó a cuatro mil. Hoy somos más de seis mil. Las Naciones Unidas estiman que serán unos 8.500 millones el año 2025. Un simple aspecto de la superpoblación humana es que en los Estados Unidos de América, que actualmente cuenta con más de trescientos millones de personas, más de la mitad de los cuales vive en ciudades de más de 50.000 habitantes, vivían a principios del siglo XIX unos cuatro millones, de los que unos 750.000 eran esclavos, es decir, individuos sin derechos civiles y políticos, la media de edad del conjunto de la población no pasaba de 16 años, un exigua minoría (unos 200.000) habitaban en ciudades de más de 2500 habitantes y el resto en poblaciones rurales de las que no salían nunca. Es para preguntarse cómo pueden tener la misma constitución política que tenían bastante antes del XIX.

Baste lo dicho para comprender cómo en la corta vida de un hombre las sociedades post-industriales de los últimos tiempos se han transformado y siguen transformándose de manera tan radical que nadie puede ya vivir según los parámetros de cuarenta o cincuenta años antes.

Ahora se verá el segundo hecho de nuestra lista, el cambio de escala.

Cambio de escala

Los cambios habidos en estas sociedades no son simples aumentos de tamaño, sino algo mucho más profundo. Son cambios estructurales, transformaciones de las propias instituciones. Esto es lo que se quiere significar bajo la expresión “cambio de escala”.

En las sociedades antiguas pudieron observarse a veces cambios de escala como los que suceden en las nuestras. En el Antiguo Egipto, por ejemplo, las funciones sacerdotales y políticas se unían en el faraón, pero tuvieron que separarse conforme la sociedad crecía. A poco que se piense, cualquiera puede reconstruir un proceso semejante sufrido por la familia. Esta combinaba en otro tiempo las funciones domésticas, económicas, de recreo, de status social, de recreo, etc., y ahora cumple sólo las domésticas (alimentación, vestido, habitación y poco más). En tales circunstancias no parece posible el negocio familiar, la granja, la casa agrícola, etc.

Pero son las instituciones económicas las que han sufrido los cambios estructurales más acusados. Cuando en siglos pasados entraban en contacto las comunidades políticas y las empresas económicas aparecía siempre una competencia que se asemejaba a la lucha por la existencia de la selección natural darwiniana. Los contactos conducían casi siempre a la guerra. La competencia parece haber encontrado hoy, por el contrario, las vías de la especialización y la complementación.

El abastecimiento de bienes y servicios a mercados cada vez mayores incrementó la producción y el transporte, acrecentó las vías terrestres, marítimas y aéreas de comunicación y obligó a diferenciar entre mercado al por mayor y mercado al por menor. Una consecuencia importante de todo esto fue la diferenciación creciente de los oficios anteriores. En la empresa antigua, por ejemplo, iban unidas la propiedad y la gerencia de la misma, pero ahora no solo se han separado, dando lugar a oficios nuevos que se ocupan de las funciones antiguas y de otras que van apareciendo sin cesar. Una empresa actual es una unidad compleja de secciones como la de dirección, ventas, producción, investigación, contabilidad, fiscalidad, etc.

Este hecho se da en otras muchas instituciones. En una universidad, por ejemplo, no se aumenta simplemente de tamaño cuando se pasa de 5.000 estudiantes a 50.000, pues entonces los cambios afectan a la estructura misma. Una universidad antigua podía tener un cuerpo dirigente que, bajo la batuta del rector, se ocupaba de las inversiones académicas, de la enseñanza, la admisión de alumnos, etc., pero hoy se encuentra todo bajo la dirección de un complejo cuerpo de funcionarios, administradores, decanos, jefes de departamento, profesores, etc., que tienen que organizar una nueva red de relaciones.

Emiliano Fernández Rueda

[1] V. Bell, D., El advenimiento de la sociedad post-industrial, A. Universidad, Madrid, 1994.

Una startup revoluciona el sector de la bioagricultura y conquista al jurado de #Studentpreneurs

Enrique Cat, con su empresa Nostoc Biotech revoluciona el sector de la bioagricultura y se hace con el primer premio

Sheedo, un papel de usar y plantar 100% sostenible, consigue el segundo puesto

Tot-em, un software que transforma sonidos en joyas y objetos decorativos, completa el pódium

Madrid, 7 de marzo de 2017 | El Global Student Entrepreneur Awards (GSEA) celebró ayer con éxito su segunda edición española en el auditorio de CaixaForum Madrid. El talento, la originalidad y la innovación se han impuesto en una reñida jornada en la que seis finalistas universitarios han presentado sus proyectos empresariales. Una competición en la que Enrique Cat, de Nostoc Biotechnologies, empresa de desarrollo de biotecnología agrícola, se ha hecho con el triunfo.

Javier Gastón, responsable del GSEA y miembro de Entrepreneurs Organization (EO), entidad organizadora, ha destacado que “la personalidad del emprendedor ha jugado mucho a su favor”. Y es que no solo el proyecto empresarial es importante. El ganador, además del premio de 3.000€, representará a España en la final mundial que tendrá lugar en Frankfurt el próximo 27 de abril, donde participarán representantes de 50 países para obtener el galardón mundial dotado con hasta 40.000$ además de un amplia promoción para el proyecto ganador.

Cat revoluciona el sector de los fertilizantes

Nostoc Biotechnologies, empresa gestada por Enrique Cat dentro del grado universitario LEINN (Liderazgo, Emprendimiento e Innovación) que imparte Teamlabs junto a la unidad de emprendizaje Mondragon Team Academy de la Universidad de Mondragón, desarrolla soluciones naturales de fertilización y protección de cultivos, y tiene como objetivo transformar la agricultura tradicional hacia un actividad más sostenible. Entre sus logros están ya haber acabado con la araña roja, curar la yesca en viña o erradicar los nematodos en múltiples cultivos.

Entrega del premio ganador

 

Plantar papel y crear joyas con mensaje

El segundo premio, de 1.500€, ha sido para Sheedo, un proyecto de Gloria Gubianas, Gala Freixa, Carlos Sandoval y Gonzalo Mestre, también de la Universidad de Mondragón. Los cuatro jóvenes combaten el impacto medioambiental de la industria papelera, gracias a la creación de un papel para usar y plantar. Sheedo está hecho artesanalmente en España a partir de fibras de algodón residuales de la industria textil y es 100% sostenible.

Por último, Javier Pérez Arranz, estudiante de la Universidad Politécnica de Madrid, se ha hecho con el tercer premio valorado en 750€. Su empresa Tot-em, captura sonidos, como mensajes de voz o música, y los convierte en objetos decorativos, esculturas o artículos de joyería.

Premiados GSEA Entrepreneurs Organization Madrid

La mayor competición de emprendedores universitarios: GSEA

Para participar existen dos requisitos: ser universitario y tener una empresa que en los últimos seis meses haya facturado al menos 500€ o recibido una inversión de 1.000€. La competición está organizada por EO, organización de emprendedores senior, que cuenta con más de 12.000 miembros en 50 países diferentes

El evento, que contó con el patrocinio de Tecnocom y la colaboración de Obra Social la Caixa, así como con el apoyo de Flowquímica, Know.ee y Máster de Emprendedores, ha sido realizado y retransmitido en streaming por Agora News, agencia que también ha realizado la videonoticía del evento.

LOS FINALISTAS

  1. Salvador Peso, Abax Innovation Technologies – Desarrollo de impresoras 3D para sector médico. Universidad Autónoma de Madrid.
  2. Cayetano Ortiz Nieto, WiiHotels Software – Plataforma para crear app de hoteles, IE University.
  3. Andrea Martinez Cuenca, Zeroes – Plataforma de intercambio de vivencias, Teamlabs y Universidad de Mondragón.
  4. Gala Freixa, Sheedopaper – papel innovador y replantable, Teamlabs y Universidad de Mondragón.
  5. Enrique Cat, Nostoc Biotechnologies – Desarrollo de soluciones naturales de fertilización y protección de cultivos, Teamlabs y Universidad de Mondragón.
  6. Javier Perez Arranz, Tot-em – Captura de momentos a través de los sonidos y conversión en objetos, Universidad Politécnica de Madrid.
  7. Jaume Riera – Candidato Reserva, Lookroom – Plataforma de inspiración y venta de moda, Universidad Europea.

EL JURADO

  • Eva Serrano, ASEME
  • Rene de Jong, Business Angel
  • Susana Navarro, Tecnocom
  • Mark Kavelaars, Swanlaab Venture Factory
  • Aleyda Solís, Orainti
  • Elisa Reyna, Petuky
  • Isidro Laso, Comisión Europea
  • Nieves Fernández, FamiliaFacil.es
  • Raúl Aguirre, Tango/04

Fotografías de los componentes del jurado

Menciones en medios

EO Madrid visita la exposición privada de Jorge Palacios

Aprovechando su 50 Aniversario, la emblemática Galería Kreisler ha dado cobijo a la exposición “Morfologías formales” con la obra del reconocido artista Jorge Palacios. EO Madrid ha tenido el placer de acceder en exclusiva a una visita a la exposición de la mano del propio artista, a través del que conocieron algunas de sus esculturas más icónicas, muchas de ellas inéditas en España, y en las que reflexiona sobre el momento de tránsito de elementos en transformación, sobre ese instante detenido en el tiempo, a través del estudio del comportamiento de los elementos fluidos.

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