A propósito de la sociedad del conocimiento

Entre las varias denominaciones que se han aplicado a nuestra sociedad, ha logrado especial fortuna la de “sociedad del conocimiento”. Pero, dejando de lado la satisfacción que produce en muchas mentes un nombre así, porque les hace creer que nos hallamos todos en la cumbre del saber, es preciso analizar los términos que componen la expresión para hacernos una idea adecuada de lo que puede significar.

No obstante, no conviene ahora examinar el vocablo “sociedad”,  porque nos llevaría demasiado lejos de nuestro fin. Sea suficiente indicar, siquiera sea por aproximación, lo que puede entenderse por “conocimiento” en el presente.

La empresa no es fácil, pese a las apariencias, sobre todo cuando se abandonan los supuestos.

En la Antigüedad fue posible que un solo hombre escribiera una enciclopedia, una obra en la que se encerraba en un círculo (no otro es el sentido de la palabra: en-ciclo-pedia) completo y cerrado todo el conocimiento existente. De ello son magnos ejemplos Las etimologías, de San Isidoro de Sevilla (560-635) o las Institutiones divinarum et saecularium litterarum, de Flavio Magno Aurelio Casiodoro (aprox. 490-570). Así fueron también las enciclopedias del siglo XVIII. Pero en la tercera edición de la Enciclopedia Británica, que sucedió en 1.788, se admitió ya la imposibilidad de un empeño semejante y se encargó el trabajo a un número considerable de especialistas. Luego el año 1.788 puede ponerse como el de la fragmentación imparable del conocimiento.

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Flavius Magnus Aurelius Cassiodorus

¿Qué es el conocimiento?

Si dijéramos que el conocimiento es todo lo que las personas pueden llegar a saber estaríamos aludiendo a un infinito, pues diariamente se producen hechos y noticias de las que alguien es conocedor, y diariamente hay otros hechos y noticias que vienen a superponerse sobre los anteriores hasta hacerles perderse en el olvido. No es posible guardar memoria de todo cuanto sucede y no puede consistir en eso el conocimiento.

Según Max Scheler existen tres clases de conocimiento: el encaminado a la acción y el control, el encaminado a la cultura no material y el encaminado a la salvación. Otros han definido estas tres clases como conocimiento instrumental, conocimiento intelectual y conocimiento espiritual. Machlup ha distinguido cinco clases, algunas de las cuales coinciden con las tres de Scheler:

  1. Conocimiento práctico: el de los negocios, el trabajo, la política, el conocimiento doméstico, etc., que habría que dividirlo en clases, según los oficios y actividades humanas.
  2. Conocimiento intelectual: el propio de los estudios humanistas y científicos, que se adquiere normalmente en las instituciones docentes. Hoy se considera que es una parte imprescindible del bagaje de un hombre bien educado e instruido.
  3. Conocimiento de las vulgaridades y distracciones: el de los entretenimientos, los cotilleos locales, las noticias de los medios de comunicación, los deportes, etc., que se adquiere en momentos de relajación y, según algunos, es útil para embotar la sensibilidad y la inteligencia.
  4. Conocimiento espiritual: el conocimiento religioso de Dios y los caminos que conducen a la salvación del alma.
  5. Conocimiento involuntario: el que se adquiere accidentalmente, “porque pasaba uno por ahí”, y se retiene sin saber por qué.

Ahora bien, si el conocimiento es un conjunto de exposiciones ordenadas de hechos e ideas, que presentan un juicio razonado o un resultado experimental, que se transmite a otros a través de algún medio de comunicación bajo una forma sistemática, entonces es obvio que algunas de las clases de Machlup no son conocimiento. Entre las clases dadas por él habría que descartar sin duda alguna la 3. y la 5, porque no son exposiciones ordenadas de hechos e ideas, no presentan normalmente juicios razonados ni resultados experimentales y no se transmiten de forma sistemática como los conceptos de una asignatura en un instituto o una universidad. Los restantes, los de las clases 1., 2. y 4. podrían admitirse como conocimientos siempre que se ajustaran a estos criterios. Es indudable que se ajustan en bastantes casos, particularmente algunos oficios y prácticas de la primera clase (aunque no todos), la mayoría de los saberes científicos y humanistas de la segunda, y algunos saberes espirituales de la tercera, como la teología que se imparte en las facultades del ramo.

¿Puede decirse que la sociedad presente es “sociedad del conocimiento” en alguno de estos sentidos? No, pues entonces también lo sería también la sociedad medieval, pues en aquella época se fundaron las universidades, donde empezaron a impartirse los conocimientos de la manera descrita. Podría decirse que la diferencia estriba en la proporción de personas que acceden a él en nuestro tiempo, que es muy superior al que accedía durante los siglos medios. Esto ciertamente es así, sobre todo si se tienen en cuenta exclusivamente las sociedades desarrolladas, pero no es suficiente para darles es nombre.

Otro autor, Robert Lane, ha tratado de resolver el problema llamando “sociedad del conocimiento” a la sociedad actual porque sus miembros:

  1. Indagan en las bases de sus creencias sobre el hombre, la sociedad y la naturaleza.
  2. Se guían por normas objetivas de verificación.
  3. Dedican importantes recursos a esa verificación.
  4. Procuran extraer utilidad inmediata de su conocimiento.
  5. Emplean sus conocimientos para iluminar sus valores y metas.

Pero esta caracterización es demasiado extensa. Tal vez sea mejor una definición más restringida, que podría ser la siguiente, de D. Bell: “el conocimiento es lo que se conoce objetivamente, una propiedad intelectual, ligado a un nombre o a un grupo de nombres y certificado por el copyright o por alguna otra forma de reconocimiento social (por ejemplo la publicación)[1]”. Tal conocimiento tiene un precio, que es el tiempo dedicado a estudiar, escribir, etc., una compensación monetaria y se sujeta a las exigencias del mercado. Forma parte de las inversiones sociales, tiene una forma razonada expresada en un libro, en un programa informático, etc. Es obvio que esta definición es más “manejable”, pues se atiene a características observables y cuantificables.

La medida del conocimiento

¿Crece exponencialmente la cantidad de conocimiento de esta clase hasta el punto de que la mayoría de los miembros de una sociedad actual participan de él? Fremont Rider, bibliotecario de la Universidad de Wesleyan, ha dicho a modo de ejemplo que en el siglo XVIII había unos 1.000 volúmenes en la Universidad de Yale y que si ese número se hubiese duplicado cada 16 años desde entonces, como ha venido sucediendo en las más importantes universidades americanas desde 1.831, habría 2.600.000 volúmenes en 1.938 (en realidad había 2.748.000). Rider concluía que, en caso de seguir así, en el 2.040 habría unos 200.000.000 volúmenes, que seguirían entrando unos 12.000.000 cada año y que la catalogación de todo ese material requeriría más de 6.000 archiveros y bibliotecarios. Parece obvio que el contenido de los libros es hoy de más fácil acceso que antes.

Un crecimiento similar fue el de las revistas científicas, que fueron ya en la revolución científica del XVII un medio imprescindible de comunicación de ideas. A partir de una o dos revistas que empezaron a existir en aquel siglo, se alcanzó casi un centenar a principios del XIX, un millar a mediados del mismo siglo y unas 10.000 a finales. El crecimiento ha tenido lugar, según Derek Price, a razón de un factor 10 cada medio siglo. La conclusión de Price es que los conocimientos se producen para ser publicados o, dicho de forma más rotunda, que la ciencia no es ciencia si no se comunica, si no consta, negro sobre blanco, en papel publicado. O en dígitos binarios de un ordenador. Luego ciencia es aquello que se publica en revistas, memorias, informes, libros, internet, etc., científicos. Ciencia es, en fin, lo que se incorpora a la literatura científica. Esto ciertamente no es lo que sucedía con Copérnico, Kepler o Galileo. La actividad de aquellos grandes hombres del pasado guarda poca relación con la de los actuales, hasta el punto de que algunos filósofos, como Nietzsche, afirman que la ciencia ha muerto en nuestro tiempo.

Una vez que se entiende así la ciencia, puede decirse con seguridad que su crecimiento es exponencial. Una sencilla consecuencia matemática de esto es que las cifras mayores son las que crecen con más rapidez. Las publicaciones engendran cada vez más publicaciones.

¿No debe existir un límite a estos crecimientos exponenciales? Parece que sí, pues de lo contrario se desembocaría en un absurdo. He aquí, como ejemplo, lo que pasaría si no tuviera límite el crecimiento del número de personas dedicadas a la industria eléctrica. Partiendo de 1.750, el año en que Franklin inventa el pararrayos, e incrementando exponencialmente tal industria, habría unas 200.000 personas en 1925, un millón en 1955 y toda la mano de obra existente en 1990. Puesto que esto no es posible, en algún punto de la curva de crecimiento tiene que producirse una saturación y detenerse el movimiento o disminuir su velocidad.

El fenómeno de la saturación fue utilizado por vez primera por Adolphe Quetelet en 1830 en sus meditaciones sobre Malthus. Sus sucesores han visto que la curva exponencial sufre una nivelación en condiciones límite, una nivelación que debería poderse establecer para otras curvas de crecimiento exponencial, como la cantidad de mensajes telefónicos, el tráfico de las líneas aéreas, el crecimiento de la célula, la proliferación de las moscas de la fruta, etc. Pero subsiste una dificultad: que las conclusiones establecidas sobre estos procesos pueden no ser adecuadas para situaciones sociales en que puede haber retraso en las decisiones (como los nacimientos), sustituciones (de los taxis por los autobuses), de manera que el crecimiento no se da de manera fija.

Luego es muy posible que las medidas del saber científico proyectadas como curvas de crecimiento sean solamente metáforas insuficientes para predecir y planificar el futuro. Para asegurarnos mejor en estas cuestiones es preferible atender a otras observaciones.

La diferenciación del conocimiento

Normalmente se ha creído que el saber científico se desarrolla de manera lineal, por acumulación de descubrimientos. Pero esto dista mucho de ser cierto. Su desarrollo es más bien ramificado, por acumulación de campos y especialidades. En el siglo XIX se pensaba en la ciencia como un terreno limitado que podría explorarse alguna vez hasta sus fronteras últimas. Una vez llegados a ese punto, ya no habría nada más que saber. A Max Plank, que murió en 1948, se le aconsejó cuando era joven que se dedicara a la música porque la física había llegado al final de su camino y no había nada nuevo que descubrir en ella. Algo parecido había creído antes Pierre Simon Laplace, el gran matemático, físico, astrónomo y ministro de Napoleón, que falleció en 1.827.

Hoy se piensa de manera muy distinta. En vez de un territorio limitado a punto de ser explorado por completo, lo que el científico tiene ante sí es el hecho de que cada nuevo avance abre nuevos territorios, que exigen nuevas ramas, y así indefinidamente. El campo de las “ondas de choque”, por ejemplo, que fue “explorado” por vez primera en 1848, se ramificó en los del tubo de explosión, la aerodinámica, las detonaciones y la magnetohidrodinámica.

Este hecho no se debe a una supuesta “lógica interna del desarrollo intelectual”, sino a la organización social del trabajo científico. En el siglo XVII, cuando aparecieron la física-matemática de Descartes, la mecánica de Galileo o la astronomía de Copérnico y Kepler, se trataba de una actividad creativa personal. En el siglo XIX era ya una profesión, aunque con un marcado carácter individual. A partir del XX los científicos ya coordinan sus investigaciones individuales en “grupos de aprendizaje”, de manera que cuando alguno de ellos activa su propio trabajo lo hace originando nuevos grupos.

En el National Register of Scientific and Technical Personnel, de Estados Unidos, se registraban 54 especializaciones científicas poco después de la Segunda Guerra Mundial. Veinte años más tarde eran ya 900. Las familias de la física eran 10, con 74 especializaciones, en 1.954, y 12, con 154 especializaciones, en 1.968.

En conclusión, el concepto de conocimiento en la sociedad del presente del no tiene que ver con la extensión de los saberes al conjunto de la población mediante planes gubernamentales de enseñanza, ni a la adquisición de mayores o mejores saberes por un número creciente de individuos, sino con la diversificación y dispersión constante de los mismos en departamentos universitarios, laboratorios, grupos de investigación, etc., conforme van apareciendo. La ciencia de hoy no es la ciencia de ayer.

[1] Bell, D., El advenimiento de la sociedad post-industrial, Alianza Universidad, Madrid, 1976, páginas 207-208.

Emiliano Fernández Rueda

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