La técnica. II

I. Estar y bien-estar

Para hablar de la técnica era necesario hablar antes del hombre. Por eso estamos dando este rodeo por la antropología, un rodeo que ha expulsado de nuestra mente la idea de que el hombre es el animal racional de la tradición, la cosa pensante que definió Descartes, incluso el homo sapiens de la catalogación de Linneo. Esa idea tiene tener sus raíces en un ideal teológico de perfección que embargó por igual a antiguos y a medievales, ya fueran politeístas, musulmanes o cristianos. Es el ideal contemplativo de la teoría sobre Dios que fraguaron Platón y Aristóteles. Según este último, Dios es Razón y si el hombre es racional entonces es también divino. Averroes, el filósofo, el hombre superior, asciende al Entendimiento Agente Único de Alá.

Esas convicciones tan elevadas levantaron tanto al hombre sobre su condición real que no permitieron averiguar lo que él hace con sus manos.

La arqueología ha sabido enderezar las cosas, pues ha puesto al homo sapiens en un escalón anterior al homo habilis. Nosotros estamos ahora indagando qué es lo que le lleva a ser habilis, a manipular las cosas naturales para frenar las imposiciones de la naturaleza. Y hemos averiguado que, más que pensar, o antes de pensar, el hombre desea, que antes que sustancia pensante es sustancia volente.

Si la técnica es algo que hace el hombre, entonces tendrá que ver más con su voluntad que con su inteligencia. Pero su voluntad no es algo impuesto por la biología, un instinto mecánico ciego que exige satisfacer alguna necesidad. Un acto técnico, en consecuencia, no es el que lleva a cabo el hombre para satisfacer una necesidad impuesta por la naturaleza, sino para reformar la naturaleza de modo que se elimine la necesidad en cuanto le sea posible y él pueda dedicarse a otros fines. El animal no hace eso, pues, o bien encuentra lo que necesita o bien se tiene que aguantar. El hombre, pues, es un animal aparte.

Él es técnico o no es hombre. La técnica no es en su caso una reacción a las necesidades biológicas. Es antiguo ciertamente el uso de ciertos instrumentos para satisfacer necesidades, pero no menos antiguo es el de otros que no tienen ni de lejos esa utilidad. Por ejemplo, el uso de sustancias para embriagarse, sustancias como el alcohol, las drogas, los alucinógenos, etc. También es antiguo el uso de instrumentos musicales, de ornamentos religiosos, de joyas, adornos, etc. La palabra “necesidad” abarca desde siempre lo objetivamente necesario, pero también lo superfluo. Inténtese hacer un catálogo de necesidades verdaderamente necesarias y se caerá en confusión. Puede parecer que es necesario no pasar frío, pero es sabido que algunos pueblos soportan temperaturas extremas y no se sienten mal. El alimento también se puede reducir hasta límites difíciles de creer. Es posible prescindir de muchas cosas que parecen necesarias, pero muchos hombres preferirían morir si tuvieran que prescindir de otras que parecen superfluas.

Al principio de la evolución humana no hay un individuo necesitado. Ese ser carente de todo y angustiado por su supervivencia, dedicado todo el tiempo a mantenerla con medios escasos, es una fantasía elaborada a la medida de nuestra corta imaginación y de nuestros escasos conocimientos. Es una ignoratio elenchi. En lugar de remontarse a aquel ser que ha fabricado nuestra imaginación, hablemos de nosotros y cuando así hagamos preguntémonos por qué han de ser diferentes los otros, incluidos los que vivieron en la Edad de Piedra.

Lo que se encuentra al hablar de los que ahora vivimos es que a nadie le basta con estar en la vida, sino que además quiere estar bien. No le basta estar, quiere bienestar. Para todo individuo vivir no es simplemente vivir. Y si no logra aproximarse a lo que considera una vida aceptable prefiere no vivir. ¿Por qué habríamos de pensar que los hombres del Paleolítico no eran también así?

II. ¿Qué es una necesidad?

¿Qué es entonces una necesidad?

Acciones como abrigarse y alimentarse son necesarias en la medida en que sea necesario vivir, en la medida en que siga en pie la obstinación por vivir. Pero vemos que el hombre no tiene empeño por estar en el mundo, sino por estar bien. Esto es para él lo necesario. Justamente lo que es superfluo para el animal.

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Derek A. from Akishima: Mujer japonesa con móvil. Utensilio necesario de nuestro tiempo.

Cuando uno está atado a las simples necesidades biológicas, cuando uno vive tan apretado que a duras penas consigue comer, dormir, abrigarse, etc., entonces prefiere morir, porque esto para él no es vivir. Si sólo existieran esas necesidades sería preferible no satisfacerlas y sucumbir. Si se les guarda un respeto no es por ellas mismas, sino porque son las condiciones de una buena vida, que es lo que de verdad importa. Esto fue así en la Edad de Piedra y lo sigue siendo hoy.

Llegados a este punto podemos admitir que la técnica es la satisfacción de necesidades humanas, pero entendidas éstas como lo que son: cosas superfluas que convertimos en necesarias para vivir bien. El que se resista a creerlo que eche un vistazo alrededor. Que mire los artefactos que le rodean y diga luego cuántos son estrictamente necesarios, imprescindibles, para no morirse. A todos los que, pretendiendo ser superiores, los desprecian y dicen desear una situación sin esos instrumentos habría concederles su deseo y convertirlos en australopitecos.

El animal es un ser natural perfectamente preparado para el simple existir o vivir. Por esto no tiene necesidad de la técnica. El hombre se ha preparado para vivir bien. Por esto necesita la técnica. Siempre ha sido así y seguirá siendo siempre así.

Por esta razón la técnica es una cosa aparte, algo que no tiene semejanza ni paralelo en el universo. Si fuera un sistema para satisfacer necesidades, entonces estaría en paralelo con los instintos del animal. Habría dos sistemas de actos: el de los instintos para el animal y el de las técnicas para el hombre. Y los dos servirían para lo mismo, para preservar la vida. Sería una redundancia de la naturaleza. Sin embargo, no es verdad que sirvan para lo mismo, porque uno está al servicio de la vida orgánica, de la adaptación del sujeto al medio, y el otro al de la buena vida, de la adaptación del medio a la voluntad del sujeto.

III. La buena vida

De todo lo cual se sigue que para saber cuáles son las necesidades humanas habría que saber en qué consiste la buena vida, lo cual es un problema de imposible solución. La buena vida ha sido una infinidad de cosas. Ha sido la del conquistador, la del asceta, la del licencioso, la del sabio, la del fanático, etc. Es una lista interminable. Para San Pacomio la buena vida traía consigo que las moscas le molestaran. Para don Quijote que hubiera trasgos y gigantes a los que combatir. Para el faquir es mortificarse y rezar. Para la simple vida biológica es algo simple y fijo, siempre lo mismo, pero la buena vida cambia a cada instante. Es una para un sujeto y otra para otro. Una para un grupo y otra para otro. Una en un tiempo y otra en otro. No es posible contestar a una pregunta como: ¿qué es una buena vida?

Si la técnica sirve a la buena vida, entonces es inútil buscar una orientación fija de la técnica, porque su fin, su norte, no es inmóvil. La técnica es ante todo desorientación, ausencia de metas fijas. La idea de progreso es por esto la más inútil idea de todas. Equivale a creer que el hombre ha querido siempre lo mismo, la misma clase de buena vida, lo cual es completamente falso. Hoy, desde el Renacimiento, sentimos y pensamos que hay que inventar cada vez más cosas. Pero no ha sido siempre así. Lo normal ha sido más bien lo contrario. En ocasiones incluso se ha perseguido a los inventores como si fueran criminales. Otras veces las técnicas se han olvidado. Se ha olvidado, por ejemplo, cómo tallaban las piedras los hombres del Paleolítico Superior. Durante muchos siglos se olvidó la fabricación del amoníaco, que descubrieron los egipcios.

Luego la técnica actual podría perderse. Que cambie simplemente la idea de bienestar que hoy se tiene y se irá a pique. Decir que no puede ser así porque está apoyada en las ciencias es ilusorio, porque las ciencias mismas también necesitan un apoyo que podrían perder.

E. F. Rueda


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